sábado, noviembre 28, 2009

Alegato meridional

Alegato meridional

Déjame que descanse un rato al sol,
déjame vivir con alegría,
si he pescado bastante para hoy,
mañana será otro día,
no faltará un caracol.

Yo no cambio tu ananás por mi limón,
yo no cambio tu salmón por mi salmonete,
mete la "Rolley-Flex" en un cajón,
agarra la puerta y vete,
no te quiero en mi rincón.

Y un higo chumbo y una aceituna
tu nuevo mundo yo descubrí con Colón.
Y una aceituna y un higo chumbo,
vete a tu Luna y déjame en mi rincón.

Oscurita es mi pigmentación,
y mi cuerpo es enjuto y resistente,
rubias gentes me tienen compasión
porque me falta algún diente
y entre dientes me río yo.

Con un dátil por alimentación,
con un dátil inventé la democracia,
con un dátil yo te gano el maratón,
no me hace ninguna gracia
que me tengas compasión.

Y un higo chumbo y una aceituna
tu nuevo mundo yo descubrí con Colón.
Y una aceituna y un higo chumbo,
vete a tu Luna y déjame en mi rincón.

lunes, julio 27, 2009

Jo, Qué noche de Scorsese



Me gusta la fotografía del cine de los setenta, con sus tonos apagados, sucios, desvaídos, poco brillantes, en la que muchas veces una música de jazz alumbraba obsesiva un paisaje gris, como en bocanadas mugrientas de luz. En plena crisis del cine (la crisis económica hacía estragos como ahora), las películas pierden algo de color, los actores y actrices no acostumbran a ser tan guapos (sirva como ejemplo Gene Hackman), e interpretan a personajes poco heroicos. A su vez, los temas dejaron de a ser angélicos (resurgen las películas sobre drogas, corrupción y tramas políticas -el cine de Sydney Pollack o de Costa-Gavras, por ejemplo-, al calor de los escándalos políticos y de guerras como la de Vietnam), y es además la década dorada del porno, y los comienzos de la degradación del cine de terror -ese aliento maligno y frío que expulsaban los protagonistas del Exorcista no tenía parangón hasta entonces-.

Jo, qué noche (1985), una de las mejores películas de Martin Scorsese, puede considerarse deudora de lo que fue ese cine opaco, reverso del technicolor, de los setenta, pero ya poseída por la mirada irónica de los ochenta. A pesar de ese título tan setentero y con aire de glamour urbano (hoy se confundiría con cualquier comedia familiar), se revela más como una contrafigura de esas películas hedonistas que tenían a la noche como protagonista, aunque narrada de una forma cómica, disparatada y, claro, pesadillesca.

El mérito de Scorsese es mostrarnos de forma amable e increíblemente cómica (sólo por eso la película es sobresaliente), las peripecias de un anodino funcionario en busca de diversión y sexo nocturno por los barrios bajos de Nueva York. Pero bajo ese registro amable, disparatado, After Hours (su título original) supo reflejar -no sé si de forma consciente- parte de los terrores urbanos, tal como fueron mostrados y explotados magistralmente por otras fantásticas mentes como la de David Lynch, John Carpenter (del que me gustaría hablar en otro momento), David Cronemberg o el mismo Scorsese (Taxi Driver por ejemplo). El cine fantástico de los ochenta trasluce parte de ese terror urbano de ese individuo enfermizo, inseguro, segregado, poseído por temores cada vez más intangibles donde se mezclan el miedo a la violencia urbana, el terrorismo, o las enfermedades contagiosas (el Sida como antídoto contra la liberación sexual prometida), y que aíslan cada vez más al individuo, que sólo encuentra en el hogar y el trabajo su único refugio.

¿Una comedia? Claro que sí, pero en medio de un aire de extrañeza, bajo notas disonantes, como en el escenario hipnótico de una película de Lynch. Probad a verla, a reíros de vosotros mismos, y con vuestra risa atroz, ahuyéntaréis por unos momentos vuestros miedos


domingo, diciembre 28, 2008

Debuts memorables

Oyendo el The Visiter de Los Dodos (tercer mejor disco 2008 en esa pedazo de lista que es la mía), se me ocurrió pensar cuáles eran los mejores debuts de la historia de la música pop. Un requisito de la lista es que el propio grupo no superase ese debut, o por lo menos no quedara muy eclipsado con álbumes posteriores. Ahí mi humilde lista:




1. Talking Heads "Talking Heads: 77" (1977)
Qué maravilla de grupo. Tan inteligentes y guapos. No es el mejor disco de ellos (me quedo con Fear of Music, de 1979 -en maravilloso equilibrio entre la energía casi punk de sus inicios, y la reinvención de un sonido que bucea en las músicas negras (del funk, disco-funk o afro-funk) que corolaron con el Remains of Light de 1980. Aun así, es un debut sobresaliente. El grupo tenía la virtud de los grandes artistas, en la que toda negación es superada mediante un saludable humor. Porque toda la música de Talking Heads respira rebeldía, locura y un sano sentido del humor. Os pongo el enlace para que lo oigáis, pero después, si os gusta, os lo compráis, que cuesta 9 euros (no seáis roñosos)





2. The Feelies "Crazy Rhyhtms" (1980)
Prototipo de grupo indie de los ochenta, o lo que era el indie norteamericano en los ochenta, una explosión de ardor y nervio juvenil, que heredaba lo más notable del punk neoyorkino de los setenta (entre el punk de Television o la Velvet Underground) sin el fardo de estúpido nihilismo y autodestrucción del punk, y la música pastoral del folk rock tan común en otros grupos como R.E.M., Camper Van Beethoven o Violent Femmes (a los que podría haber elegido, pero no he hecho... qué se le va a hacer). El grupo más infravalorado de la música pop (por supuesto, todos los que repetimos eso, los decubrimos tarde), y uno de los mejores debuts de todos los tiempos. Por supuesto es su mejor disco, pero sacaron tres discos más muy buenos. Sus discos son dificilísimos de encontrar, así que todos los años le rezo a la virgen para que los reediten y poder afirmar orgulloso con el disco en la mano que soy un fan absoluto de los Feelies. Mientras, los que queráis conocer esta maravilla de disco os dejo el enlace aquí



3. The DB's "Stands for decibels" (1981)
Grupo de power pop que debutó con esta joya que, para quienes no lo hayan oído, aclararé que es mejor que The Strokes. También son de Nueva York, y suenan tan limpios e infectos y sucios como tú quieres que suenen. A pesar de sonar a los 60, a los 70 y a los 80, darían el pego entre cualquier grupo de ahora (de calidad, claro, tipo Caribou). Lo que hicieran o dejaran de hacer después paso inadvertido por mí, por lo que tendrás que fiarte si te digo que es su mejor disco... ¿vale?



4. The Pastels "Up for a Bit with the Pastels" (1987)
Fantástica broma a costa del psycho-rock o del pop de los Ramones. Es decir, de las ganas de pasárselo de puta madre hacen este discazo que no volverían a repetir, a pesar de tener también buenos discos. Podía haber elegido el primero de Television Personalities, el de Beat Happening, o de los más desconocidos Close Lobsters (también de Glasgow, buenísimos) pero me pone más éste



5. Pixies "Surfer Rosa" (1988)
A pesar de no ser ni su primero (primer requisito) ni el mejor (segundo y último requisito, Doolitttle lo supera por un milímetro) lo pongo en la lista primero porque me da la gana, y luego porque es un casi debut que quisieran el 99% de los grupos. Un verdadero ovni verde en la música pop, el grupo más divertido y desenfadado de los ochenta. Lástima que encima se pelearan entre ellos, y ninguno de los dos hicieran nada del mismo calibre (ni siquiera las primeras Breeders). Una pena, sí señor. Ah, cuatro euros me costó en Barcelona hace poco... busquen, busquen, que a lo mejor tienen tanta potra como yo. Mientras, el Surfer rosa



6. The Dodos "The Visiter" (2008)
El grupo que mencionaba al principio. Todo lo que le pido a un buen disco: nervio, diversión, atrevimiento (mejor que experimentación), y buenas canciones. No es un debut, pero como si lo fuera. Para mi gusto, mejor que Vampire Weekend. Son de San Francisco. No serán tan famosos como Strokes o Franz Ferdinand. Sus influencias son bla, bla, bla. Escúchalo

Bueno, ahora a ver quien es el listo que me replica...

sábado, diciembre 27, 2008

Con las mejores intenciones


Todos los que odiamos viajar en avión, nos hemos visto alguna vez en la situación de estar volando en esos aparatos en medio de una serie de perturbaciones atmosféricas que duran más de lo deseado, y echando fugaces miraditas a los de delante o a los de al lado, para ver si siguen leyendo la revista cultural de la compañía aerea, o si ya están rezando; e incluso, cuando ya las perturbaciones empiezan a ser DRAMÁTICAS, observando de forma neurótica la ventana por si vemos al comandante y las azafatas en el hermoso espectáculo de descender en paracaídas entre los nubarrones. Al final, suena el timbre del altavoz y uno se imagina que dirán: queridos pasajeros, nos vamos a estrellar, a continuación podrán disfrutas de nuestros obsequios de a bordo... no, es sólo el comandante diciendo que son unas simples perturbaciones, bla, bla, bla, que pasaremos dentro de poco, y mierda, ayúdame a ponerme el dichoso paracaídas... En fin, os deseamos que hayan pasado un feliz viaje, y esperamos volver a tenerles a bordo en nuestra compañía... y una mierda.

Seamos optimistas, dejemos el pesimismo para tiempos mejores
Graffiti

Por desgracia, para muchos el 2008 ha sido algo parecido a un vuelo sin motor, y, parece que en 2009 tendremos que coger el mismo avión. Habrá voces que dirán, esecialmente los políticos, y los gurus de los medios, que son sólo unas perturbaciones, otros se reirán de la crisis, y de ese chiste largo que es el capitalismo, y otros recordarán que es el año del éxito de la Eurocopa, de Winbledon, etc. y del fracaso del Chiquilicuatre. Y a seguir disfrutando. En fin, ahora que llegamos a fin de año, y se avecinan los inevitables resúmenes, el casposo discurso de la realeza, y el también casposo disurso de los líderes religiosos, todos nos habremos puesto de acuerdo en ponerle nombre a este año. Y ante la crisis, saldrán de debajo de las piedras o como setas entre la mierda vacuna los profetas del desastre a profetizarnos el fin del mundo y el regreso a las cavernas. Y es que en la sociedad del espectáculo, de la publicidad y del consumo inmediato en la que vivimos, las ideas más genuinas y retrógradas parecen convivir perfectamente en este orden capitalista que todo lo consume y defeca, donde todo es desechado, envejece, y luego recuperado, y devuelto en esta cadena infinita de consumo (no, no estaba pensado en Raphael). El consumidor, atrapado en un mundo virtual de pobreza y escombros materiales, se ve compelido a digerir, enfermo de bulimia y jamás saciado, toda esta enorme variedad mercantil de discursos en conflicto. Es el mundo de la gratificación inmediata, una vuelta colectiva a la infancia...

Yo mismo, que padezco todos estos males que he ido mencionando, voy a intentar llegar a conclusiones más esperanzadoras. A pesar de estar determinados culturalmente por estos impulsos judeocristianos de tipo finalista, o escatológico, debemos evitar creer que nuestro mundo (y con el nuestra cultura, arte, valores, etc.) es mucho peor que el mundo de ayer, o el punto de vista contrario, el de un esnobismo de la civilización, por lo que cuanto más compleja tecnológicamente sea una cultura, mayor es el progreso y la felicidad asociados.
Refugiarse en un mítico pasado, o vivir encerrado en esa cadena de consumo e idolatría tecnológica parecen ser las dos posturas que nuestra tribu se ve obligada a elegir. Tampoco se trata de suspender todo juicio, pues es posible discernir aquello que nuestra generación ha ganado, y aquello (ay!), que hemos perdido (no hacen falta muchos ejemplos: el desastre ecológico, y la multiplicación y mejora técnica de la capacidad destructiva de nuestra raza, y la rebelión de nuestro hábitat en forma de deterioro del planeta, y de nuevas enfermedades que nos afligen y otro tipo de desvaríos mentales, por no hablar de la facilidad de nuestro sistema económico de generar enormes desigualdades entre pobres y ricos, y que se perpetua muchas veces en guerras mucho más refinadas y sanguinarias que las de a garrotazos de antaño). Es casi una ley de la alquimia: es difícil ganar algo sin perder algo a cambio, y en la llamada tecnología tenemos una poderosa fuerza que alimenta todo tipo de placeres y temores. Es por eso que el ser humano ahora sueña con coches, aviones, ovnis, ascensores y ordenadores (vale, y con ovejas eléctricas si queréis).

En definitiva, y para que esto no parezca un tratado sobre el malestar de la cultura: desconfiad de todos los juicios alarmistas, de los esnobs, y de los reaccionarios, de los pesimistas y de los optimistas del presente y del pasado, de los nostálicos, de los profetas del desastre y, sobre todo, os deseo un feliz 2009.

jueves, agosto 28, 2008

Smells Like Teen Spirit



Yo era un adolescente, y me gustaba meterme con Nirvana ante mis amigos. En realidad me gustaba Nirvana, pero ellos se metían conmigo porque me gustaban los Ilegales. En su momento, otros muchos despreciaron el disco no sé por qué motivo, quizá porque no les parecía cool, o porque gustaba demasiado a las masas, o porque después vino el éxito de Soundgarden (no sé qué tenían en contra de Soundgarden), y también de Stone Temple Pilots, y de Pearl Jam, y hasta de un grupo muy malo llamado Las Novias. Entonces resurgía la música electrónica, los clubes de baile, grupos como Massive Attack, y seguían saliendo buenos discos de hip hop, y eso parecía mucho más refinado que el olor montuno que desprendían los grupos grunge. Más historia, yo también oí en España la primera vez que Paco Pérez Brián hizo sonar ese trallazo que es "Smell Like Teen Spirit", en el programa de 4 a 3 de Radio 3, y yo tenía 17 años, y tres años después oí a las hermanas Lliso (aun no había nacido Dover) hacer un sentido homenaje en acústico por teléfono en ese mismo programa el día que se supo de la muerte de Kurt Cobain. Ya no oigo la radio. Eran otros tiempos. Hoy el disco sigue teniendo la misma fuerza que antes, la intensidad del trío (su salvaje manera de tocar la guitarra, el bajo y la batería, o de ese instrumento desgarrador que es la voz de Kurt Cobain), el olfato melódico, la estupenda producción... todo eso servirá de guía para muchas personas que podrán recordar qué hacían en 1991, o dónde oyeron por primera vez el disco, o en qué tienda se lo compraron...una fecha grabada en mi recuerdo al igual que para otros que pudieron vivir su adolescencia en 1962 o 1977.

P.S. El disco lo podéis bajar, de entre muchos sitios, de este blog

domingo, julio 06, 2008

Misterios de América





Porque la caratula y el título del disco recuerdan al comienzo de Terciopelo azul de David Lynch, y porque Anna Domino es mi cantante favorita para sonar en cualquier película de Lynch. Simplemente por eso, cada vez que oigo Mysteries of America, un disco de canciones de amor, me pregunto por qué se me ocurre pensar que sería la banda sonora perfecta para una película de sexo morboso y terror psicópata.

Terciopelo azul (Blue Velvet, 1986) es una de las mayores mascaradas firmadas por David Lynch, en la que bajo la apariencia de thriller, se representa otra historia repleta de humor negro, y con una ironía tan manifiesta (esos diálogos de enamorados, la descripción hecha a trazos vastos del psicópata Dennis Hopper -con su máscarilla de oxígeno, su bourbon, su complejo de Edipo, y toda su mala hostia-) , pero cuyo mayor acierto es que esa ironía está hecha para pasar inadvertida para los espectadores (vamos, no me vayáis a decir que os habíais creído que todo eso iba en serio). Funciona pues con un doble registro, uno más superficial, donde unos adolescentes se adentran en un escenario intentando resolver una trama de secuestros, crímenes y corrupción policial. Y uno más profundo, donde lo aparente (el amor entre dos adolescentes, la fascinación por un mundo oscuro del joven Kyle MacLachlan, testigo involuntario desde el armario de las violaciones del psicópata a la cantante de club) no es más que un territorio donde se confunde lo malvado y lo inocente, y donde la locura y la cordura son polos a veces no tan opuestos.

Vuelvo otra vez a las canciones de Mysteries of America, y pienso ahora que tal vez no se parecen a nada, ni a una película, ni a ningún disco de los ochenta, ni a ningún artista, ni a ninguna de las canciones de amor. Es entonces que me siento en el vacío, y trato de suspenderme en la banda sonora de Terciopelo azul donde suenan las canciones de Julee Cruise o de Anna Domino; y ahora que estoy suspendido en el vacío, me cuelo en la habitación de Dorothy Valens, y siento que es una música tan limpia y tan maravillosamente hecha con amor, que podría pasar sin rozarla a través de la carne de Isabella Rossellini, con su carne blanquísima, sus labios y sus tacones rojos, y su ropa interior y peluca negra. O puede que sea también peligrosa como Frank, morbosa como Beaumont, o decadente como el personaje interpretado por Dean Stockwell. Por eso Mysteries of America es un extraño canto de amor a Norteamérica, a la tierra donde hasta los psicópatas y los enfermos creen en el amor, y en la tersa belleza de la canciones de Roy Orbison, y donde los inocentes juegan a detectives, espían desde los armarios los juegos morbosos de los hombres peligrosos, y se refugian en un mundo falso donde hasta los jilgueros no parecen jilgueros. Esos son, me digo, los misterios de América de Anna Domino y de David Lynch, y de las películas de Kubrick, y de Scorsese, o de las canciones de Beach House... un mundo extraño donde hasta los asesinos y los inocentes se encuentran, donde hasta los enfermos como Dorothy Valens se sienten atraídos por los cielos azules, y por la inocencia adolescente, y los inocentes como Beaumont sucumben al tacto del terciopelo y de las peligrosas habitaciones moquetadas. Un mundo extraño donde incluso las películas de David Lynch tienen un final feliz.




En el mundo ideal de David Lynch deberían sonar las canciones de Anna Domino, Virginia Astley, Kate Bush, Antena o Cocteau Twins. Las habitaciones de Terciopelo Azul, Mulholland Drive, Carretera perdida, o Inland Empire se ventilarían, y el aire se renovaría en una atmósfera limpia de maravillosas canciones. Pero eso debería decírselo su psicólogo. No yo.

sábado, abril 26, 2008

Películas decadentes favoritas II: Lunas de hiel


Aviso, polanskianos: Lunas de hiel es la obra maestra del maestro Roman Polansky, por encima incluso de obras maestras de lo fantástico como El quimérico inquilino, La semilla del diablo, La muerte y la doncella, o Repulsión (de otro género es Chinatown). Ahora os diré por qué:

Todas las películas de Polansky que me gustan son siempre exageradas, inverosímiles, y por eso nos gusta etiquetarlas de fantásticas a veces, de terror otras. En realidad, son comedias de terror que exploran la angustia de no poder distinguir lo que es real o es falso, o cuando lo doméstico es asaltado por fuerzas oscuras, terroríficas, en una paranoia de dimensiones grotescas. En El quimérico inquilino (Le locataire), Trelkovski (interpretado genialmente por el propio Polansky), es poseído hasta la locura por el espíritu suicida de la anterior inquilina; En Repulsión, las fobias sexuales de Catherine Deneuve se sintetizan en una imagen terrorífica final: un simple retrato de familia; o el terrorífico embarazo de Rosemary (una demacrada Mia Farrow), y los pactos con el diablo de su marido (John Cassavettes), en el entorno demencial de un edificio (nada menos que el edificio Dakota) en La semilla del diablo (Rosemary's Baby).

En Lunas de hiel, la farsa y los excesos grandguiñolescos son todavía mayores, aun cuando no se trata de ninguna película de terror. Ésta es la historia: Nigel (Hugh Grant) y Fiona (Kristin Scott Thomas) son un matrimonio en crisis que emprenden un viaje en barco para reflotar su relación, hasta que él es obligado a convertirse en el oyente de una turbia historia por parte del parapléjico Oscar (un genial Peter Coyote). Y aquí comienza la maravillosa farsa: Oscar no es más que un farsante, un voyeur que introduce a su conejillo de indias en una historia turbia. Oscar le narra a Nigel con fuegos de artificio de pacotilla su patética historia: la del seductor maduro que se ve sometido ahora a Mimi (interpretada por Emmanuelle Seigner), mitad ángel mitad demonio, a la que sedujo primero y luego, cuando los juegos sadomasoquistas terminaron hastiando la relación, terminó abandonando para poder continuar la caza de nuevas amantes e intentar escribir la novela con la que abandonar el papel de escritor frustrado. Bueno, no cuento mucho más por si alguno no la ha visto: ella asumirá quedarse con el rol de criada con tal de que él no la abandone... hasta que la diosa fortuna haga una de sus bromas, dando un giro perverso a esta relación. Ésa es más o menos la historia que Oscar le narra a un cada vez más escandalizado (primero) y excitado (después) Nigel. Pero ¿es ésa la verdadera historia? ¿Qué es lo que sabemos realmente? sabemos que el palurdo de Nigel se ve atraído por el demonio de Mimi conforme cae en manos del prestidigitador y narrador de historias de erotismo barato Oscar; sabemos que Fiona es testigo, entre la zozobra del barco, del ridículo descenso de su marido por las aguas oscuras de la infidelidad, y que ella, si quisiera, interpretaría mejor el papel que el zoquete de su marido. También nos preguntamos cuál de los dos (Mimi u Oscar) es el verdadero mago de la farsa, y asistimos a la periódico intercambio de papeles de ambos o mascarada entre víctima y verdugo.

Así que hemos visto la película y podemos preguntarnos ¿qué es lunas de hiel?... ¿es sólo una historia de sexo turbio, sadomasoquismo y venganzas? ¿Es Mimi la fuerza oscura que mueve la historia desde el momento que la vemos inventar extraños juegos sadomasoquistas, o es sólo la víctima de un amante irresponsable? ¿Es ella la urdidora del último juego secreto -la suma de sus delirios sadomasoquistas a costa de un pobre infeliz- ideado por ella, o un simple personaje en el papel de vampiresa de la frustrada novela de Oscar? ¿Es la historia, con su rocambolesco final, el pésimo guión ideado a dos manos por Mimi y Oscar, o es un desliz de Polansky cada vez que se le va de las manos esta historia (cada giro en la trama, cada arrebato, tiene la huella de un fingimiento, de un exceso). No, no... es mucho más que eso. Aunque el espectador pueda seguir la trama como si lo que ocurre en la historia fuera verdad, o aun cuando pueda dudar de todo lo que ve, de cada cosa que ocurre, debería seguir preguntándose ¿qué es Lunas de hiel?...

En La semilla del diablo el espectador sólo se preguntaba si estaba sometida Rosemary a una conjura satánica o si eran simples delirios de una paranoica embarazada, y en El quimérico inquilino a veces dudamos si está más loca la comunidad de vecinos o lo está el pobre Trekolvski. En Lunas de hiel, el sentido de irrealidad es mucho mayor que en esas películas, ya que compromete al propio espectador, y éste, como Hugh Grant, se convierte también en una pieza del juego (un juego dentro del juego), y tiene reservado su pequeño papel en esta farsa. No sabemos pues si el narrador ha soñado también nuestro papel o si sólo somos testigos de esa pesadilla vivida por este parapléjico voyeur. Creedme polanskianos, esta vez Polansky nos ha tomado el pelo con esta obra maestra.